El entrenamiento de la voluntad

Copio este magnífico artículo de Rodrigo Gavela, del que, dicho sea de paso, yo no soy muy fan. Pero aquí tengo que admitir que lo bordó.

Así me he sentido yo saliendo a entrenar estos dos días: un 3×3000 (ayer) y 15 km (hoy) bajo la lluvia, el viento y el frío, por la noche. Y no me digáis porque, cuando hoy estaba ya a punto de terminar, me acordé del artículo. Así que decidí ponerlo aquí para compartirlo

El entrenamiento de la voluntad

Siempre escribimos sobre la fuerza, nos centramos en cómo mejorar nuestro umbral aeróbico o hacemos hincapié en la musculatura de nuestras piernas… Pero nos olvidamos del arma fundamental de cualquier ser humano: la mente y la voluntad

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Sé de antemano lo que va a ocurrir, pero no quiero aceptarlo. Uno siempre tiene la esperanza de que cambie el tiempo a lo largo del día. Miro de reojo por la ventana, veo cómo se cimbrean las ramas de los árboles y escucho cómo el agua se estrella contra los cristales en continuas ráfagas. Estoy atrapado. Hoy tengo series largas, estoy en pleno período competitivo y no puedo aplazarlas para mañana, pues me modifica todo el plan de trabajo y lo más probable es que no cambie el clima. Lo haré.

Horas después estoy metido de lleno en el entrenamiento, helado de frío y empapado de agua hasta los huesos. Empecé con remilgos, esquivando los charcos, pero al cuarto de hora mis peores augurios se cumplieron y ya no valen las medias tintas. Como si de una metamorfosis se tratara, me transformo radicalmente. Esa parte salvaje que habita dentro de mí aflora, ¡y de qué manera! Un grito de rabia se impone al silbido del viento y al chasquido continuo de las cortinas de agua. La adrenalina se dispara a los niveles más altos, entro en calor casi al instante, el agua parece no molestarme y ya me da igual estar o no mojado, los charcos han dejado de existir para mí. En ese momento me desafío a mí mismo y a los elementos. Me siento poderoso en el barro. Que el viento es salvaje… ¡pues yo más! Cuando acabo me siento victorioso y más fuerte que nunca. Los tiempos de las series han sido malos, pero no tanto; estoy exhausto, empapado.

Cuando me acerco a casa, las pocas personas que se cruzan conmigo me miran con caras raras, me ven totalmente embarrado, pero sonriente; seguro que piensan que estoy pirado. No les falta razón. Cuando entro en casa y me ve Raquel, me echa la bronca de rigor, pero no tengo tiempo ni fuerzas para replicar. Voy directo a la ducha, me meto vestido y calzado, de esa forma me quito el barro y el frío que casi me congela; luego, poco a poco me voy desvistiendo hasta que me quedo desnudo y me ducho con normalidad. Seco y mudado finalizo el entrenamiento realizando mis abdominales y estirando con el máximo rigor y la máxima concentración. Raquel sigue muy cabreada, ella dice que por qué pongo en juego mi salud, pero yo creo que me lo comenta porque puse el suelo perdido de barro. Le miro fijamente a los ojos, sonrío y calmadamente le explico que hoy he hecho un gran entrenamiento, puse a prueba mi voluntad, capacidad de aguante y he vuelto a aflorar mi otro yo, el que sólo aparece en los grandes momentos, en las competiciones. Me ha hecho sentir vivo y poderoso.

Esta situación no es tan excepcional, se repite varias veces al año y no siempre de la misma manera. Cuando un atleta corre con un calor seco tremendo, con calor y una humedad excesiva, con viento insoportable y casi huracanado, en un terreno impracticable, en un perfil imposible o en una recta de varios kilómetros está entrenando su voluntad.

Quizá muchos no lo saben y se cabrean porque los tiempos no les salen o porque las sensaciones han sido muy malas. Hacen mal, pues en situaciones extremas se pone a prueba no sólo al cuerpo, sino también a la mente, y esta última es tan importante o más en la competición. ¿Quién no se ha disgustado después de un entrenamiento infernal, con condiciones climatológicas muy adversas? ¿Quién no ha jurado en voz alta y a los cuatro vientos, ante Dios y ante el mundo? ¿Quién no ha acabado de mala leche porque el día en que quería salirse en las series para confirmar su buena forma física, apareció ese maldito viento y se las fastidió? Una vez completados los entrenamientos, a ningún corredor le han salido las cosas como esperaba, los tiempos son un desbarajuste total, el pulso disparado, la recuperación que nunca llega, las piernas tambaleantes, los pulmones pidiendo socorro y el corazón en un puño. Ésa puede ser la imagen de un derrotado pero ¡NO! es la del VENCEDOR. Ese atleta ha sacrificado los tiempos y las sensaciones por enfrentarse desafiante a ese día. Ha realizado un entrenamiento de VOLUNTAD, donde se curten los maratonianos. No hay que disgustarse, ni jurar, ni cabrearse, sino todo lo contrario.

Hay que sacar la lectura más positiva y entender que ese día se ha entrenado la voluntad, donde uno se demuestra a sí mismo que es muy fuerte psicológicamente y que es capaz de enfrentarse con éxito a cualquier maratón por duro que sea. A un maratoniano el tiempo jamás le dicta los entrenamientos. Si el día parece imposible para correr, a un maratoniano curtido no le asusta, aunque no le guste saldrá si tiene que hacerlo. Al empezar alzará la mirada, un resoplido, trazará una sonrisa desafiante, una mirada a la derecha con el gesto más duro y otra a la izquierda, con la mandíbula en la máxima tensión. Y dará el primer paso. En la mente sólo aparecerá un desafío: “por mis huevos que hoy entreno”. Pero a veces el clima es implacable e invencible, ¿o no?

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